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La exaltación de la muerte

César Yegres

Casi todos los pueblos y culturas suelen tener elementos emblemáticos que le rinden homenaje a la patria. Los himnos y otros símbolos son una muestra de ello. Pero hasta donde sé, solo los egipcios rinden un especial ritual a la muerte. Es una especie de exaltación, que Shaskespeare dramatiza con singular belleza en su obra “Romeo y Julieta”, cuyos decesos quedan detenidos en el tiempo, como muestra de un anhelo irrealizable. Muchos de esos pueblos, hicieron de la guerra un enaltecimiento como forma de protección a la vida pacífica de sus ciudadanos. En la Alemania de fines del Siglo XIX, surge un nutrido grupo de historiadores y estudiosos de la cuestión social, afectos al romanticismo e hicieron el concepto guerra-muerte como una expresión de vida para el progreso y vitalidad moral de la nación. Un ejemplo singular de esta expresión, es la famosa arenga de Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca (1936). “Abajo la inteligencia, viva la muerte”. Una teoría existencial de la guerra, inspirada en el militarismo prusiano, que no tiene  que ver con socialismo, revolución o filosofía alguna. Es, en todo caso, una manifestación rabiosamente reaccionaria que va a dar lugar posteriormente al nazismo.

Los franceses influían en Europa con su defensa del Estado de Derecho, el apego a los elementos científicos, el racionalismo, la exquisitez de sus vinos, quesos, perfumes y el arte pictórico. Los alemanes profesaban a los franceses la misma inquina que los tercermundistas de hoy reflejan hacia los gringos. Las posturas ideológicas que irrumpen contra la Ilustración y la modernidad, conforman una exaltación a la guerra;  el primitivismo irracional se enfrenta a la razón, la ciencia y el apego a la tierra. Para ellos, la existencia solo tiene sentido en el combate y la lucha por la patria. A diferencia de los franceses como los ingleses, la nación para los alemanes es una entidad de valor sacrosanto. El concepto democracia, es una mentalidad de pobres de espíritus, envilecidos y cómodos, que a la larga tornan a las naciones en entes ineptas para los grandes objetivos. La Segunda Guerra Mundial es un ejemplo patético de ello y se juntan con los japoneses, en una extraña situación de sacrificios personales, virilidad y gloria. Cuando las fofas, tontas y decadentes democracias americanas e inglesas pasaron victoriosamente sobre ellos, concluyó una experiencia dolorosa y desgarrante de millones de muertos.

Ahora en nuestras latitudes, se comenzó a  ensayar una consigna absurda, atrasada y perversa: “Patria, Socialismo y Muerte”,- abolida cuando Chávez descubre el mal que habría de llevárselo-.  Tal vez con algún fundamento en la lucha contra la Cuba Batistiana, pero absolutamente incomprensible y ridícula en estos tiempos de globalización y modernidad cibernética. Fue un slogan que pretendió ocultar alta incompetencia, corrupción en desmadre o tonta viveza. Quisieron  con la exaltación a la muerte, destruir a una sociedad democrática, pacífica y desarmada. Somos una nación rodeada de muchos  países amigos, que no nos amenazan, que tienen gobernantes decentes, cultos y apegados a normas de convivencia y tolerancia. Que producen, que construyen obras de infraestructura básica para el desarrollo y bienestar de sus conciudadanos. Bien alimentados, mejores educados y disfrutan de buena salud. Entonces: ¿Para qué la exaltación a la muerte? ¿Para qué la glorificación mojigata de la pérdida de vida? .

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