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La página divina

Ricardo Gil Otaiza

El libro, como expresión acabada de la inteligencia y del espíritu, es una presencia siempre grata y necesaria entre nosotros. Su razón sencillamente sobrepasa las “razones” técnicas, académicas y del mercado, para internarse en los intersticios del espíritu: allí en donde anida el Ser. En el libro se conjuga pensamiento traducido en palabra, en manifestación artística, en noción orquestada del “yo”: en lo que piensa y siente el hombre y la mujer en un momento específico de su historia. Grandes han sido los portentos del hombre moderno: la ciencia y la técnica: ergo la Ilustración; pero nada de esto tendría importancia e impacto sin la presencia fáctica del libro como testigo fundamental del devenir y de nuestro paso por el planeta. Soy de los que consideran que el libro ha sido uno de los grandes portentos de la humanidad, sólo superado por la invención de la rueda, que echó a andar todo aquello que trasmutaría la abstracción en mera acción. Pero el lector, tal y como lo conocemos hoy, nace también con la modernidad, es fiel reflejo del cambio orquestado desde una civilización ágrafa, a una cuyo mayor significado sólo es posible conjugar y comprender desde las páginas del libro.

“Que sea para ti un libro la página divina…”, nos dice San Agustín, como queriendo escrutar en sus páginas terrenas lo inasible, que sólo es posible hallar en lo infinito e inconmensurable de la deidad como razón humana (¿?). Más allá de las páginas del libro, más allá de nuestra propia finitud, está la perennidad de las ideas, el milagro de la creación, el renacer cada mañana de la esperanza traducida en una obra abierta hacia un infinito. El libro aspira a la universalidad, a la proyección de la vida desde “el ahora”, a un mañana impreciso, pero que en sus páginas se transmuta a la vez en un algo corpóreo y a la vez eterno. ¿Antinomia? Es posible. ¿Complementariedad? Es posible también.

El libro es obra del hombre, como queda dicho, pero no es completamente humano. Su impronta va más allá de lo objetivo para internarse en los entresijos de lo etéreo, de lo insondable y de lo intangible. Las páginas vuelan por sobre la razón para erigirse en un “algo” que nos supera y nos eleva por encima de nuestras propias limitaciones; que nos impele a ser más de lo que estamos llamados a ser, y así volcar en ellas no solo intelecto y erudición, sino lo que nos consustancia con la divinidad. Cada libro es un pedazo de paraíso en la Tierra: es el Edén prometido, porque nace y se queda entre nosotros para demostrarnos que nuestra naturaleza no es finita, sino que busca la trascendencia. Inmanencia y trascendencia, pues, se dan la mano en la obra para así conjugar aquello que nos constituye: las ansias del Ser.

El libro está así llamado a erigirse en “la otra voz”, en la conciencia de quien lee y se acerca a sus páginas, transmutándose entonces en portento, en una fuerza interior que nos impele a volar, a dejar de lado la cotidianidad para asentarnos en mundos paralelos, en realidades posibles que buscan hacer de nosotros “otros” seres: quizás mejores de lo que somos (o tal vez no), porque nos confieren completitud, pero jamás los mismos. A partir de la lectura como forma de vida hay un antes y un después, lo que se traduce en una nueva noción de la realidad de la mano de un “infinito”, que se nos cuela día a día entre las páginas de los libros hasta hacerse parte sustantiva del pensamiento y de la acción. Quizás sea esta la interpretación de la “página divina” a la que alude San Agustín, o tal vez represente una mirada demasiado intelectual de mi parte. En todo caso, siempre resultará esperanzadora.

@GilOtaiza

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