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El ciclo de Sísifo: ¿Estamos igual o peor que el 4F?

Para muchos, el golpe de Estado liderado por Hugo Chávez no solo fue un rotundo fracaso, sino que a 22 años de aquel martes de 1992, hoy día deja revelada la naturaleza sísifica de nuestra democracia. Según la mitología griega, Sísifo era un personaje muy interesante que  engañó a los dioses para escapar de los infiernos, y como condena Zeus le puso un cruel castigo eterno que consistía en subir con el empuje de su musculatura, una enorme piedra redonda desde la ladera hasta la cima de una montaña, pero al llegar arriba la piedra resbalaba de sus manos y volvía a caer por su propio peso. Una y otra vez Sísifo recomenzaba su tarea, sabiendo la inutilidad de la misma, pues estaba por mandato divino sentenciado a bajar y subir sin cesar, sin encontrar el éxito.

Este simbolismo, es comparable a la amargura sufrida por Bolívar en su último suspiro, por no poder consolidar una patria grande, al no poder presenciar el adecentamiento de los partidos políticos: “He arado en el mar y he sembrado en el viento. Bolívar admitía que su revolución se convirtió al final de sus días en aquella quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, en una odisea sin destino, al igual que el personaje de la rueda eterna. ¿Pero Hugo Chávez moriría con la misma sensación de frustración que Bolívar? Nadie lo sabe, pero sus insatisfacciones con el rumbo que había tomado la revolución eran elocuentes cuando hablaba de acabar con tres males republicanos que persistían en su gobierno: “la corrupción, la ineficiencia y el burocratismo”. Chávez insurgió en 1992 contra un gobierno de Carlos Andrés Pérez que aspiraba aplicar un paquetazo asfixiante a un pueblo, que pagaba los platos rotos del despilfarro, del saqueo de los dineros públicos, de la pérdida del valor adquisitivo del Bolívar, del estancamiento económico, del rentismo petrolero, del hambre y de la escasez, del aumento de la gasolina y el pasaje, del deterioro de los hospitales, de la falta de empleos, de las largas colas para comprar alimentos, de la criminalidad que comenzaba a dar avisos de lo que venía, y del monstruo de siete cabezas en que se convertiría. Chávez se reveló contra un gobierno que fragmentaba al país en mil pedazos culpando a los ciudadanos de su propia desgracia, ocultando el enriquecimiento ilícito de muchos funcionarios que se llevaban los dólares del petróleo de la Venezuela post Saudita. ¿Logró el 4 de febrero demoler las viejas estructuras de la democracia representativa devolviendo realmente el poder al pueblo? La respuesta es no. ¿Logró el 4 de febrero devolvernos la independencia económica y agroalimentaria? No.

Seguimos dependiendo del rentismo petrolero y de las importaciones. ¿Logró el 4 de febrero acabar con la corrupción, las mafias y con los saqueadores de los dineros públicos? Nunca, millones de dólares se han perdido, esfumado en empresas de maletín, que el gobierno actual llama burguesía parasitaria, pero sin dar nombres, ni mostrar rostros. ¿Logró el 4 de febrero consolidar el pensamiento humanista de Bolívar dentro de la sociedad venezolana?, no, por el contrario, el árbol de las tres raíces (Bolívar, Zamora y Robinson), fue talado por el pensamiento marxista-leninista impuesto por la fuerte influencia cubana dentro de la revolución bolivariana. ¿Logró el 4 de febrero transformar al país aniquilando las causas que lo produjeron? Negativo, hoy Venezuela, vive problemas mucho más graves que de hace 22 años, un país con las reservas más grandes de petróleo que no sabe producir sus propios alimentos, un país cuya moneda no vale nada, un país donde impunemente la vida se pierde y la violencia criminal crece cada día mas, un país donde las divisas están controladas para un sector privilegiado a la sazón de la cuarta República, pero el pueblo como en otrora paga las consecuencias del desbarajuste y el pillaje de muchos. Un país cuyos ingresos en la última década han sido los más grandes en dólares por renta petrolera, pero faltan las divisas y merman las reservas. ¿Quién se las llevó? Un país bajo la sombra del triste Sísifo que cotidianamente se enfrenta a una tarea extenuante y descorazonadora: soñar llegar algún día a la cima de la montaña y traspasar la pesada piedra de sus angustias, dejando atrás la ladera infernal que como castigo divino lo ha perseguido. Un objetivo por el cual no debemos dejar de luchar, convertirnos en un Sísifo optimista y alegre, que emprendiendo su marcha diaria desde abajo, con fuerzas renovadas descubre que conquistó la montaña, rompiendo así la maldición,  expulsando los demonios que lo ataban. No es tiempo de arar en el mar, ni sembrar en el viento. El país debe “enrumbarse a un destino mejor…”

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