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Ya basta de muertes…

El mundo vive momentos de un profundo fanatismo, que ha trasmutado del fundamentalismo religioso propio de las sectas musulmanas, a un fundamentalismo político que también ha sacudido a Venezuela, sin darnos cuenta que la huella de la historia ha borrado para siempre a los pueblos que persisten en seguir esa dirección, que sólo conduce al despeñadero. Sociedades donde la capacidad de discernir ha sido sustituida por la emocionalidad de un juramento, de una promesa que en esas culturas tiene raíces divinas, pero en la nuestra, humanas y políticas. Lo cierto, es que transitamos un peligroso enfrentamiento y de la amenaza verbal, ya se pasó a la física, dejando muertes que parecieran ser banalizadas.

En Venezuela, nos hemos resistido a entendernos aún sabiendo que lo tenemos que hacer, pues de no ser así pereceremos como sociedad, el espejo lo tenemos en Colombia, pero el reciente acuerdo de paz entre gobierno y FARC, nos debe llamar a la reflexión; sin embargo, preferimos seguir siendo intolerantes, que dar el brazo a torcer y confesar en lo más interno de nuestro fuero, que las cosas no están bien, ni nos sentimos conformes con lo que está pasando. ¡Pero podemos mejorar! Si en Chile, la derecha, los militares, los socialdemócratas, los socialcristianos y la izquierda progresista y comunista, no hubiesen convocado a la “Concertación Social”, luego de los estertores de la dictadura de Pinochet, quizás esa sociedad estuviese hoy sumida en un caos, pero eligieron, que en vez de pelearse entre lo bueno, lo malo y lo feo que dejó el pasado, construir juntos un presente para lograr un futuro promisorio para esa nación, pues en el libre albedrío humano, predomina el poder de la decisión, tanto individual, como colectiva. El dogma sin ética puede convertirse en el mayor peligro de una sociedad, pues embelese a los ignorantes que son capaces de hacer lo inimaginable para satisfacer un sistema de creencias que paradójicamente no tienen la capacidad enzimática para digerirlo. Hitler, Musulini, Franco, Mao, Stalin, embobaron a sus pueblos y los condujeron como borregos a la guerra, pero también a matarse entre hermanos en defensa de una ideología que impusieron  como la panacea de la liberación humana. Todos sabemos la suerte que corrieron, pero también el estado precario en que dejaron a sus pueblos. 44 años pasarían para que las “Alemanias”, se fusionaran en una sola nación fuerte y poderosa como lo es hoy. ¿Por qué? Porque entendieron que debían enterrar el pasado funesto de su historia, pasar la página y avanzar como pueblo sin mirar atrás, como le ordenó Dios a Lot, pero su mujer, no hizo caso y quedó petrificada como estatua de sal.

He allí la sabiduría de un pueblo, no volver tras las huellas andadas, emprender una nueva ruta, aprendiendo y corrigiendo los errores cometidos en el proceso. No podemos dejar que las aguas turbulentas de la querella política sigan arrastrándonos hacia las cataratas del odio y las divisiones, mientras pedimos paz para otros pueblos, servimos de instrumento de medicación, ponemos en práctica otro sabio proverbio popular, pues en “casa de herrero, el cuchillo es de palo”. Y esa conducta ya cotidiana, de lanzarle improperio a nuestros amigos, vecinos y familiares, sin lograr acercar las semejanzas y alejar las diferencias, nos pone en contención con las enseñanzas cristianas de que debemos perdonar a los que nos ofenden, pues sólo practicando el perdón, una familia, una sociedad, una pareja, unos amigos, unos vecinos, un país, puede sanar realmente las heridas del combate de la vida que deja la compleja dialéctica  de la raza humana. El rencor quizás es el mayor veneno para el alma, quizás los israelitas no pudieran vivir como pueblo odiando históricamente a los alemanes, sino hubiesen sellado las heridas del holocausto. O los japoneses las profundas marcas que dejaron las bombas atómicas gringas en Hiroshima y Nagasaki. O tal vez los españoles, por la dominación que por 800 años los sometieron los musulmanes. La historia de los pueblos, es eso, un pasado del cual se debe aprender, para construir un futuro mejor. No en balde Cicerón, el jurisconsulto romano, bautizó a la historia, como la “maestra de la vida” y Cervantes, el padre de la lengua española, la llamó la “madre de la verdad”. Los venezolanos tenemos en nuestras manos la decisión de construir un país de paz y tolerancia, llegó la hora de darle vuelta a la página, y construir un país donde podamos reencontrarnos, pues de lo contrario, sino encontramos la fórmula para unirnos, lamentablemente  estaremos condenados a perecer como sociedad…

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