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Democracia y diálogo

RAFAEL DEL NARANCO

La historia que nos atañe es la libertad forjadora del humanismo, al ser nosotros mismos sujetos de ella, siendo así que pensando en Venezuela en instantes tan cruciales, moldeamos estas reflexiones a orillas del Mediterráneo en el levante español, sabiendo que a sus orillas florecieron las grandes civilizaciones y las dos palabras más dignas posibles: democracia y diálogo.

En las páginas “La libertad, solo camino”, Alexis de Toqueville -que tanto analizó los vientos políticos en América Latina- reafirmaba que la democracia y el socialismo sólo poseen  algo en común: la igualdad, con una diferencia: la primera busca la equivalencia en la libertad y el socialismo la quiere en la privación y en la servidumbre.

Toqueville grabó un pensamiento  certero al que nos unimos: “Pienso que yo habría amado la libertad en todos los tiempos; pero me siento inclinado a adorarla en la época en que vivimos”.

Y el temible Robespierre, al que tanto temía y a la vez adulaba Fouché, exclamaba: “Huid de la antigua manía  de querer gobernar demasiado; dejad a los municipios el derecho de organizar sus propios asuntos, en una palabra, devolved a la libertad de los individuos todo lo que se les ha arrebatado ilegítimamente”.

Corría el final del siglo XIX, faltando algunos años para encontrarnos con las páginas de “Extraterritorial”, a cuyo autor, George Steiner, uno lo recuerda entre las notas biográficas escritas en el “New Yorker”, la revista que dirigía William Shawn, y en el discurso al recibir el “Premio Príncipe de Asturias” en Comunicaciones y Humanidades 2001.

Aquel tiempo brumoso trajo un embarazo moral, la expansión de la conciencia y la creación de nuevos signos quejumbrosos. No era nueva la luz alargada sobre los muros, y con todo,  coexistía el respeto al ser humano y la certeza de ser portadores de valores enraizados sobre la propia esperanza tan necesaria en cualquier época.

Años después, llegaría la barbarie sobre una cruz svástica y el horror inundaría el horizonte de millones de personas hasta hacerles preguntar al cielo protector la causa desmesurada del tan agónico calvario.

El tiempo es cíclico y regresa, siendo así que el “Simón Bolívar” de Pablo Neruda, retorna cada cien años, y el “Bolívar” del dramaturgo español José Antonio Rial, tan inciso como el “Marat-Sade” de Peter Weiss arrancado del hospicio de Decharenton, pervive en una lúgubre cárcel y habla con pesadumbre al presente efímero del añorado libre albedrío.

Con motivo de aquella lejana y asombrosa puesta en escena del argentino -hoy poco o nada recordado- Carlos Jiménez, y ante las tranqueras de un Ateneo de Caracas cerrado a cal y canto cara a la falta de autonomías plenas en el país, el ramalazo de Rial anunciando una época oscura se volvió profético.

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