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ARAYA: MÁS ALLÁ DE LA SAL

Dr. ANDRÉS SALAZAR

El Descubrimiento de América

Erase un joven marino que llegó de Italia a Portugal. Se llamaba Cristóbal Colón. Su procedencia era algo misteriosa. Desde los 14 años había navegado largamente, se cree que hasta Islandia, límite del mundo. Había leído el libro de los viajes de Marco Polo. De esas lecturas dedujo que no comprendía como se navegaba siempre hacia el Sur y luego hacia el Este. Muchísimo más sencillo seria dirigirse hacia el Oeste desde la propia Lisboa. Y pensaba hacerlo.

Habló esto con el Rey de Portugal, pero éste no le hizo caso. Cristóbal salió de Palacios muy desanimado y pensó en presentar su proyecto a Isabel y Fernando, reyes de España. La Reina Isabel le dijo que aguardara un poco, pero Cristóbal le contestó: “no puedo aguardar más, iré a ver al Rey de Francia”. Luego la Reina lo mandó a llamar y le dijo que tenía su protección y que empeñaría sus propias joyas si era necesario.

Equipó Colón sus carabelas en el Puerto de Palos. Eran tres: La Niña, La Pinta y La Santa María. Fue así, como en un nebuloso amanecer del mes de agosto de 1492, las tres carabelas desplegaron las velas ornadas de una gran cruz e iniciaron la navegación. Los marinos pensaban en la España que dejaban atrás y su temor se hacía mayor al contemplar que desde que se hicieron a la mar solo veían mar y cielo.

Una mañana el marino Pinzón, quien era el capitán de La Pinta, gritó: Tierra, Tierra. Y sus otros compañeros de viaje se encaramaron a los palos, llenos de gozo. Pero aquella mañana era igual a tantas otras, sin tener a la vista nada más que las olas azules a un lado y a otro; todo había sido un espejismo observado en el horizonte. Después de esta decepción, los marinos decían: “no lo soportaremos ni un día más, arrojemos a ese hombre por la borda”. Colón salió de su pequeño camarote y, mirando a sus hombres sin ningún temor les dijo: “de nada sirve lamentarse ahora”, y los marinos se calmaron.

Una noche se vio cruzar, volando por encima de las carabelas, una gran bandada de aves. Cierta tarde los marinos vieron flotar unas cañas sobre el agua: Pero no se divisaba tierra. Y otra vez volvió a surgir el rumor de tirar a su capitán al agua, pero se oyó la voz gozosa y clara del vigía de La Pinta, que era Rodrigo de Triana: Tierra, Tierra. “¿Otro espejismo más?” decían los marinos. Y Colón tomando el catalejo, con aparente serenidad les dijo, mientras que el corazón quería salírsele del pecho: “No, esta vez es seguro. Aquello es tierra”.

Al amanecer, cuando comenzó a disiparse la oscuridad, fue cobrando forma, lentamente, una pequeña isla. Más tarde algunos hombres de piel oscura, completamente desnudos, aullando, más que hablando, en lengua desconocida, llegaron a la orilla del mar, asombrados. Unos llevaban el cuerpo pintado de rojo y otros, las caras azules.

Era el 12 de octubre de 1942. La primera playa de América se extendía ante los ojos de Cristóbal Colón. Era una Tierra nueva de existencia ignorada, ni aun los grandes viajeros como Marco Polo habían podido sospechar siquiera. Colón se dispuso a tomar posesión de ella y desembarcó en la playa sosteniendo con la mano izquierda el estandarte de los reyes de España. Detrás de él iban los capitanes de La Pinta y La Niña, con la bandera y la cruz.

De ahora en adelante, declaró Colón, esta isla pertenecerá a los reyes de España y su nombre será SAN SALVADOR. Después Colón y sus hombres se arrodillaron sobre la arena y dieron gracias al Señor. Más se hacía preciso regresar a España y proclamar ante los soberanos y ante el mundo la noticia del descubrimiento.

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