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Entre el bien y el mal…

Dicen las santas escrituras que la sabiduría radica en “temer a Dios” y la inteligencia apartarse del mal. Sin embargo, las últimas declaraciones del presidente Nicolás Maduro no son del todo congruentes con los proverbios bíblicos. Y es que desde julio pasado, luego de lograr un resonante triunfo en la Asamblea Nacional Constituyente, donde según datos del Consejo Nacional Electoral, el chavismo obtuvo unos 8 millones de votos, el Jefe de Estado parece estar librando una batalla espiritual muy fuerte, de grandes proporciones, balanceándose entre el bien y el mal. Se sabe que los comunistas son ateos por naturaleza, vale decir, niegan la existencia de Dios, porque la revolución y el proletariado es Dios, pues como decía Carlos Marx “la religión es el opio de los pueblos”.

En junio pasado, en medio de las protestas para sacarlo del poder, el Presidente aseguró que no era un asesino, que tenía su conciencia tranquila, y que sabía que “tenía la bendición de Dios” para seguir gobernando a Venezuela, para buscar la paz y la reconciliación del pueblo venezolano. Sin embargo, el 31 de julio de este año, mientras recibía los resultados de su victoria constituyente de manos de la presidenta del CNE Tibisay Lucena, aseguraba lo siguiente: “…no le temo a Dios, porque Dios me ama”, no le tenemos miedo a las sanciones de los Estados Unidos, porque no obedecemos órdenes de magnates que pretenden meter sus narices en Venezuela para repartirse los recursos naturales”. No le tengo miedo al Imperio, no le tengo miedo a nada”. Y es que el Mandatario Nacional fue cambiando su percepción espiritual y su relación con Dios a medida que pasaron los días, luego de la resonante victoria que obtuvo para poder instalar la Asamblea Nacional Constituyente. Así las cosas, el 15 de agosto, en medio de un acto público en cadena nacional expresó: “…en este mundo, no me intimida nada, no le tengo miedo a nadie en este mundo, porque a Dios no le temo”. En poco más de un mes, era la segunda vez que el Presidente, aseguraba no “temer a Dios”. Pero la pelea entre el bien y el mal que librada en su fuero interno, quedaría plasmada en las palabras pronunciadas el pasado 13 de octubre de este año cuando dijo: “…yo no creo en Dios y si quiere pelear, pues que venga, aquí lo espero con mis armas”. Desde hace mucho tiempo Maduro ha mostrado su admiración por la doctrina del líder espiritual indio Sathya Sai Baba, muerto en el año 201, que se basa en principios como la universalidad del amor, la verdad y la paz. Sin embargo, también el presidente venezolano se ha declarado en el pasado como ateo.

En abril de 2013, en medio de su campaña presidencial,  Maduro habló por primera vez sobre su propia religiosidad, confesando que en su juventud se declaró ateo por el “fariseísmo” que veía en la Iglesia. Sin embargo, en esa oportunidad pidió perdón a Dios por su carencia de fe asegurando que había abrazado el cristianismo. Aunque Maduro ha visitado varias veces el Vaticano, ha insistido en no estar muy convencido de la doctrina católica de redención del pecador reincidente. Lo cierto es que durante estos cuatro años de su mandato, temas como su religiosidad, la creencia en Dios, el ateísmo y el sacrificio de Jesús en la cruz para el perdón de los pecados humanos, han chocado abiertamente con su formación marxista-leninista, donde la base de la creencia radica más en lo humano (pueblo proletario) para conquistar el poder, que en lo divino. Pero lo que nunca había hecho el Presidente venezolano era hablar abiertamente del diablo como un “amigo”, como una fuerza espiritual poderosa del universo, como un ente con el cual se puede dialogar, como los cristianos hablan con Dios, los judíos con Jehová o los musulmanes con Alá.  Ayer el Presidente dijo ante los generales y almirantes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), que “Si hay que hablar con el diablo, se habla”. Para luego expresar lo siguiente: “…Yo he hablado hasta con el diablo, yo me pongo en sus manos, él es el gran protector nuestro, es una de las grandes fuerzas de nuestra espiritualidad que tiene nuestra revolución y nuestra vida histórica, con todos ellos (los diablos) yo he hablado”. ¿El diablo es el gran protector de este gobierno y de la revolución? No me queda otra cosa que reprenderlo en el nombre de Jesucristo, y porqué no pedir perdón a Dios, por nuestro Presidente, porque como dijo el Maestro en la cruz cuando era flagelado, traspasado en su costado por la lanza y crucificado, ya a punto de entregar el espíritu: “Señor perdónalos porque no saben lo que hacen”. Hoy digo: “Señor perdónalo porque no sabe lo que dice”. Una muestra del bifrontismo que se libra en el alma de aquel hombre, una guerra espiritual entre el bien y el mal. Lo alentador es que Dios siempre ha triunfado sobre el maligno…

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