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ARAYA: MÁS ALLÁ DE LA SAL

Dr. ANDRÉS SALAZAR

La tristeza que guardan se les nota en su caminar

Estos días estuve de visita por mi querida ciudad de Cumaná, y como siempre lo hago me senté en una de sus plazas, no estaba tan arborizada como antaño; sin embargo, se mostraba agradablemente fresca por la suave brisa que le sopla desde la margen Norte del Río Manzanares. Desde allí pude observar a muchos transeúntes que subían y bajaban mostrando en sus rostros signos de preocupación y de tristeza, que confieso no haber visto en los últimos tiempos en una ciudad con 502 años encima. La tristeza que pude observar en esos rostros, me llevó a lo que hoy narro en este escrito:

Muchas veces caminan por las calles como sobrevivientes de un naufragio, la mirada lejos. El rostro como una telaraña de arruga. La ropa humilde. El paso lento y peculiar del cumanés. Y en sus manos un saco o una bolsa para echar lo que encuentre en su largo peregrinar. Apenas si saludan. De cuando en cuando esbozan una sonrisa tímida al encontrarse con el amigo. Un cómo estás apagado. O dejan correr la tristeza con un abrazo bullanguero, expansivo: -¡Mi hermano…venga ese abrazo…tanto tiempo sin verte…pero si estas igualito…como pasan los años…¿desde cuándo estas por’ay?-!. Y cuando se despiden prolongan el adiós más de la cuenta, quedando de verse nuevamente, de verse un día de estos.

La gente de Cumaná que conocí, cuando mi vida todavía era temprana, se mostraba alegre, divertida; y siempre tenía a flor de labios la invitación para un café o una empanada. Sin embargo, hoy podemos observar como la situación en que viven ha hecho de ellos personas reservadas en su andar y muchas veces desconfiadas. Parecen que hubieran nacido viejos y tranquilos, buenos y resignados. A muchos de los que pude observar, los miré con su rostro implorando al Cielo, como pidiendo al Creador del Universo que los ayude a llevar la pesada Cruz. A veces se violentan y golpean con el puño para descargar la impotencia que sienten ante tanta adversidad. Y algunos de ellos asoman la cara por debajo del ala del sombrero y miran el reloj, si lo tiene, cómo diciendo: – ¡Ya son las once de la mañana y todavía no he conseguido nada que llevar para mi casa…¿qué les daré de comer hoy a mis hijos cuando lleguen de la escuela?.

Hay momentos en que se quedan parados fijos en alguna esquina, y ni ellos mismos saben cuándo ni por qué. Entonces, después de reflexionar un buen rato, vuelven a emprender su recorrido. Es de verlos caminar con el pensamiento perdido; avanzan y avanzan sin saber que rumbos van a tomar. En ese instante dejan de lado el mundo. Se colocan la gorra sobre los ojos y es como si navegaran entre bajos de olvidos y recuerdos. Es como si soñaran y amaran en silencio. Tal vez puedan soñar que en los atardeceres una mansa paloma multicolor anide en su pecha la esperanza de un mejor porvenir; o que las nubes del cielo experimenten su azul para mirar las cosas con el realismo social que hoy los aqueja. Esa es la vida, mis queridos lectores, que hoy podemos observar por las calles de la otrora pujante ciudad de Cumana. Si desea comprobarlo, lléguese en horas de la mañana a la cabecera del puente Guzmán Blanco y haga usted sus propias reflexiones.

Como parte de esta observación puedo mencionar que, sentado en la plaza, llegaron a mi memoria pasajes del libro “PUEBLO EN VILO”, del padre de la microhistoria mejicana Luis González y González; como también la imagen del sabio cubano Don Fernando Ortiz, padre de la transculturación, quien en una ocasión dijera, y hoy quiero hacer mías esas palabras: “yo no soy pesimista, yo miro al porvenir de mi pueblo con la frente altiva y de cara al sol. Yo tengo una fe absoluta en el esplendor de los días futuros”.

anjosafron@hotmail.com  0414-7976531   0426-5960096

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