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Por el camino estrecho

Eleazar Bruzual

Había salido del reino de la muerte donde me encontraba con la mundanería, y avancé entre observaciones burlescas previas por el portal de una iglesia espiritual para descansar del yugo de mis cargas, porque para mí la eternidad no estaba ausente. No era yo el de entonces, el de los ratos salpicados de presagios taciturnos; por eso empecé  voluntariamente a conocer la ventura de los tiempos mejores de la regeneración, aún cuando tras de mí todavía sonaban las cadenas  de la voluptuosidad mundana. Como el amor de una novia de obstinado recuerdo (a quien el olvido rechaza invariable), el goce de los deleites cosmopolita me invitaba a volver sobre mis pasos; fue cuando detuve el tiempo de la orfandad desesperada, para tomar la espada del espíritu y el yelmo de la salvación. Hoy emprendo el camino hacia la puerta angosta; como esforzándome en remontar a nado un río caudaloso; quiero redimir mi proyección pasada y convertir en triunfo las sombras frenéticas de la gentilidad. Comienzo a reposar en la lectura de la palabra de Dios; tomo al  azar las páginas que merecen mi privilegio, disfruto el mandamiento de la sabiduría divina para que el espíritu  me bendiga. De rodillas reclino la cabeza sobre la cama, invoco al Padre de los grandes portentos; entonces crece  la viva presencia de Jesús a semejanza de un sentimiento de nobleza infinita. Me huelgo en la intacta  abstracción inabarcable  de su asistencia en la alta noche,  un amparo en la silente hora, una profunda  comunión  del espíritu. . En medio de la esperanza que no sucumbe, el testimonio de Cristo  me eleva  a la merced del santuario, donde alimento tributo al Santísimo; y llega la lección: “…Mas Dios muestra su amor para nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Mi amigo habitual, el Maestro de imprevistas bendiciones, no es visible, su consternaste certeza de vida me encuentra para amparar mi eternal amistad. Porfío en la búsqueda de la identidad con Él en su resurrección; y corto las trasgresiones de la desgloria diaria para unirme a Él sustentando sus victorias. Sigo la conducta de quien preside un tiempo honesto; recibo el regocijo secreto en la hora  prevista; y Dios me bendice con la confidencia profunda de un profesante. Asisto ansioso, socorrido de su gracia, por el camino estrecho, donde las aflicciones aun cubren el tiempo terrenal; y habiendo divisado las mansiones prometidas, le pido que me ayude a perseverar.

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