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Cuando todo se hace contraste

Rosario Anzola

Con los sobresaltos adosados a la piel llegué a un aeropuerto extrañamente solo. Menos aviones, menos vuelos, menos viajeros.  Más limitaciones, más restricciones, más amenazas. Antes de abrocharme el cinturón de seguridad veo los últimos mensajes del teléfono. Abundan las malas noticias, las cansonas cadenas, los petitorios de toda índole,  los chistes sin ingenio y los consejos de autoayuda con penosas faltas de ortografía. Mi dedo índice no descansa sobre la pantalla e insiste con terquedad en que algo bueno debe reflejarse en cualquier instante. Al fin me topo con imágenes y palabras que me hacen sonreír. Cuando me dispongo a apagar el celular una fotografía me da un puño en la nariz: es una composición de cuatro fotos de niños, con aspecto de fetos, el cuarteto está muriendo de desnutrición. Sus ojos hundidos penetran en cada uno de mis poros. Se amarga mi saliva. Todo se hace contraste en dos viajes que se inician: uno hacia afuera, otro hacia adentro.

Un gran ventanal me muestra una ciudad invernal. Afuera reina el frío. Me calienta un sol tropical que no abandona mis pasadizos interiores. Adivino rostros entre bufandas, capuchas y gorras.  Nadie mira a nadie. Algo me dice que por eso debemos guardar las miradas entre los recuerdos y volver a esos ojos cuando irrumpan soledades y silencios.

Salgo a caminar. Me envuelve una sensación de seguridad que había olvidado. Por eso hago del viento gélido un amigo que acompaña mis pasos.  Sólo así puedo sentir la perdida libertad de recorrer calles y avenidas. Todo se hace contraste, que no comparación. En ocasiones, comparar resulta un ejercicio grotesco porque hay juicios de valor que engañan la realidad de lo distinto. Vuelvo y voy, voy y vuelvo… Pienso en la libertad perdida de no poder regresar, un dolor desconocido que ahora padecen muchos compatriotas. Un dolor tan injusto como la negada libertad de quienes solo tienen rejas como paisajes y quizá el olvido como destino.

Por estas calles la gente “se porta bien”. Cada quien lleva su ritmo en el andar: rápido, lento, pesado, liviano…  Los zapatos y las botas exudan blues, merengues caribeños, improvisados jazz, tambores negroides, cuecas, pasodobles, rancheras… Los pies conducen hacia donde saben ir, les tiene sin cuidado la prisa o el desgano de los otros transeúntes. En los trenes del subsuelo, a los ciudadanos no les cruza la idea de empujarse; aún apretados, los cuerpos no se acercan ni se violentan.

Mi cerca está lejos. Mi lejos sigue cerca. Vuelvo y voy, voy y vuelvo… Todo es un contraste. Es apenas un distanciamiento eventual que me permite superponer en los ventanales que dan a las calles nevadas las oscuras y peligrosas calles de las ciudades venezolanas.  Tras los rescoldos de la incertidumbre, con una guitarra como compañía, persigo la paz. La necesidad de encontrar un equilibrio interno se enfrenta a la urgencia de armonizar las intenciones que bregan por reconstruir lo posible a partir de los escombros.

La lista de las calamidades es interminable, pero también lo es la lista de personas cuyo plan B ha sido y es permanecer para permanecer. Todo vuelve al contraste. De igual manera se solapa la lista de venezolanos cuyo plan B ha sido buscar otros horizontes donde vivir. Están en su derecho y sabemos que, desde allí, respiran y recuerdan con nostalgia la tierra a donde algún día podrían retornar. Hay una comunión de sentimientos por un país que se ha ido desdibujando y que día a día se vuelve a dibujar con los trazos de la esperanza.

Creo firmemente que vamos a recuperar y encauzar los conceptos de ciudadanía. Me constan los esfuerzos gigantescos de una sociedad civil, que consciente de su corresponsabilidad y estando fuera o dentro de las fronteras, se mantiene firme, contra viento y marea, a fin de llevar el barco de la institucionalidad a buen puerto. Lo veremos: en algún momento los dirigentes tendrán que acudir a los “ciudadanos” dignos, libres y “bien portados”.

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