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¿Llegó la hora de glasnost y perestroika en la revolución?

Venezuela en estos últimos 14 años ha sido tierra fértil para muchos escritores que en cientos de publicaciones reseñaron los logros políticos de la revolución, la rebaja en las estadísticas de pobreza crítica, la distribución igualitaria de las riquezas, el retorno de la conciencia colectiva, la autodeterminación como sociedad autárquica, la descolonialización del imperio del Norte y por último la conquista más sagrada e importante, el renacimiento del ideario bolivariano en procura de la formación de la Patria Grande, pero con un ingrediente que no conoció El Libertador: el socialismo como modelo político interno y como bandera de la relaciones exteriores. Sin embargo, nadie de los que ha escrito en el mundo sobre la revolución bolivariana, se ha atrevido a ofrecer parámetros estadísticos sobre el devenir económico del país, circunscribiendo sus obras a la figura del presidente Chávez, como pilar central de una transformación nacional pacífica, pero armada; un hecho que nunca había sucedido en las grandes revoluciones del mundo. Y es que la “cosa económica” en ninguna de las revoluciones que narra la historia, resultó a la postre un éxito, sino más bien un fracaso al ligar en forma intrínseca el mercado con la ideología predominante. Quizás sólo China se salvó de esa debacle en la que sucumbió la Unión Soviética y los países europeos del ala comunista. Rusia, inclusive entendería que el modelo económico marxista- leninista, de la revolución proletaria, de la economía comunal y social,  del dominio absoluto del Estado de los medios de producción, y la eliminación de la división del trabajo, en vez de hacer desarrollar la sociedad y darle mejor calidad de vida a los ciudadanos, produjo el efecto contrario. Mijaíl Gorbachov lo comprendería muy bien, tenía en sus manos un Estado inmensamente rico, militarmente poderoso que lo controlaba todo, pero una sociedad pobre que dependía hasta para el aseo personal de los “Zares”. Pero peor aún, un parque industrial obsoleto que le impedía competir en el mercado mundial, principalmente con potencias económicas como Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, y China como mercado emergente, una rémora dejada del comunismo Stalinista. La URSS, no tenía capacidad para hacerlo, amén de las mafias y rocas gubernamentales que hicieron groseramente ricos a más de un “camarada”. Millones de dólares se gastaron en adoctrinamiento y represión militar, mientras los países occidentales ensayaban un método más persuasivo,  inundaron de productos y bienes al mundo de la post guerra que por primera vez podían disfrutar de la “Dolce Vita” dejando atrás la estrechez y el hambre que produjo la guerra. ¡Era necesario un cambio, pero con urgencia!. Para diciembre de 1991, año en que se disolvió la Unión Soviética, la economía de aquel coloso estaba por los suelos, la inflación era una de las más altas del mundo, al tener rotas sus relaciones comerciales con el mundo occidental, las importaciones de alimentos, insumos y servicios bajaron, pero el aniquilamiento, la persecución y la destrucción de puestos de trabajo y empresas tampoco permitían producir suficiente para abastecer el mercado interno. Toda la vida se encareció, el Estado Totalitario estaba a punto de derrumbarse  y el “establishment.” el  grupo dominante, la élite que ostentaba el poder, la autoridad en la nación también. Eran tiempos donde las divisiones, los odios, los liderazgos internos, la corrupción y la represión de los Gulag, habían creado profundas heridas entre los comunistas radicales que pretendían eternizarse en el poder para seguir chupando las mieles de las riquezas,  y los reformistas que visualizaban un país con una economía fuerte y productiva capaz de mejorar el nivel de vida de una población ideológicamente eunuco, pero también para recuperar el espacio en el comercio internacional, que el armamentismo desmesurado había desplazado y con ello provocado la quiebra de todo una confederación de países. Un golpe de Estado debió producirse para acabar con la putrefacción que aquella nefasta élite política había sumido al  país. Los Rusos, entendieron que el modelo económico marxista había fracasado, que una economía de puertas cerradas no bastaba, tarde se percataron de la globalización, ¡pero a tiempo!, por ello, el líder soviético Mijaíl Gorbachov  a riesgo del ala radical de su partido, inició un proceso de apertura política (glasnost) y reestructuración económica (perestroika) transformando el antiguo Estado totalitario y unipartidista, en una sociedad democrática de absolutas libertades económicas y políticas. En la actualidad, la economía Rusa dejó de ser aislada y planificada centralmente, para convertirse en una economía de mercado globalmente integrada, siendo la 7° del mundo y formando parte del poderoso grupo de los ocho (G8). Hoy Venezuela salvando las comparaciones, y las realidades propias de cada momento histórico, vive un grave problema de índole económico precisamente por mismo mal que enterró el sector productivo soviético, la “estatización de las políticas económicas” impidiendo expandirse al sector privado, movido por el temor del fin de la revolución y la reunificación de las llamadas oligarquías del capital. Un hecho que tarde o temprano siempre aparece dentro de los modelos autoritarios que tienden a agotarse. El presidente Maduro lo ha señalado hasta el cansancio, que él no llegó para hacer reformismos, sino revolución, para continuar el legado de Chávez. Sin embargo, muchas veces la voluntad sucumbe ante la necesidad de proteger a un pueblo, haciendo que los gobernantes den un giro de 180 grados que de sopetón lo mete en la historia ¿Llegó la hora del Glasnost y la Perestroika dentro de la revolución para paliar el hambre y la necesidad del pueblo? El porvenir lo afirmará o lo negará. Pero por ahora, no se ve en las calles esos forzosos vientos de cambios…

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