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Ese otro viaje

Ricardo Gil Otaiza

Mariano Picón-Salas abre su Viaje al amanecer con una descripción de la naturaleza de Mérida, que electriza en lo profundo, como si aquellas imágenes que llegan a nuestro cerebro provinieran de un documental, en el que la prosa poética asumiera el eje conductor de lo mostrado: montañas, árboles y ríos en estupendos frescos desfilan ante nuestros ojos, y cuya tesitura produce en nuestro ánimo una extraña mezcla de placidez e intriga por lo que vendrá. De inmediato, quien habla se reconoce un ser andariego, un viajero incansable, y afirma con profunda convicción, no exenta de tristeza: “Por más que anduve por muchas tierras, no perdí la costumbre de ser merideño entrañable”. Cuentos de Mérida, el olor de sus flores y la fiesta de agua y verdura son, para su nostálgico entender, los acicates que lo mantienen en el ánimo de volver. Si analizamos lo citado, saltan a la vista los dos elementos fundantes de su propuesta estética probada en la novela: cultura y paisaje, y dentro de la primera, “los cuentos de Mérida”; es decir, su ya tradicional oralidad: el paso de viejas y manidas leyendas, mitos y creencias, a las formas de nuevas narraciones, salpicadas con el lenguaje de la gente del pueblo, con sus brutales neologismos, sus frases hechas, sus cierres transformados de pronto en moralejas y enseñanzas. Cuentos llegados desde los tiempos remotos, transformados luego por el largo proceso de mestizaje (que echa mano de la materia prima proveniente de disímiles contextos), hasta convertirse en expresión de lo autóctono. Fantasmas y aparecidos se erigen así en nuestros cuentos merideños, en los que el espectro busca de pronto un sufragio por hallarse en pena, o nos muestra con precisión el sitio en el que yace un tesoro escondido, que deberá ser hallado para así devolverle al ánima la tranquilidad y el descanso eterno.

Punto de llegada

La historia del Dorado emerge en Viaje al amanecer, pero ya no como el lugar adecuado  para la ansiada riqueza del oro, para el extasío frente a la súbita imagen de lo real como imposible -y que fuera una de las grandes motivaciones del conquistador español en América-, sino como punto de llegada para alcanzar por fin la paz y el sosiego del cuerpo y del alma. Es Mérida, en tales circunstancias, el nuevo mito, que cuan “Dorado” se nos muestra luego de varias décadas como el rincón de la montaña propicio para quedarse, para finalizar la búsqueda personal, para morar en sus viejas casonas, para oler de sus flores; para dejarse querer por una familia hasta el final de los días.

No halla, pues, Mariano Picón-Salas, como nos los dice Gregory Zambrano (uno de sus biógrafos), su “paraíso perdido”, su propio Dorado, su lugar para el reencuentro con las hondas raíces pretéritas en siglos. Pero como lo expresáramos en la entrega anterior (EU: 25-01-17), su “paraíso recuperado” será por la vía de la evocación desde su libro, que nace de la nostalgia, pero sobre todo de las ansias de asir su pasado para transformarlo en certeza y realidad. No retornará el escritor a vivir de nuevo la cálida experiencia del seno hogareño, los juegos y aventuras con los amigos de la infancia, el extasiarse con su paisaje, el levantarse cada mañana con la fragancia del buen café recién colado y poder así mirar por la ventana el regio espectáculo de una sierra nevada platinada hasta sus faldas. Vendrá sólo durante breves estancias, que le sabrán a poco, para volver a marcharse en su ya reconocida trashumancia. Quedarán, eso sí, sus espléndidas páginas “de ese otro Viaje”, ahora literario y eterno, como testigos del reencuentro definitivo con la tierra y con lo suyo.

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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