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UDISTAS

Carta de amor,

14 de febrero de 2018

Graciela Acevedo*

Siempre te he amado; primero, con un querer tierno, un amor de leche, dispuesto con trazos y matices pueriles. Seducida sigo por tus colores, tus vestidos de cielo, tus olores telúricos, sudor, mastranto, café, mar… Amo tu lengua, así, como la describió Juan Antonio Pérez Bonalde, “la magia que toma / hasta en los labios del tosco marinero / el dulce son de mi nativo Idioma”, que se me internó, marcando desde lo profundo todos mis pensamientos. A partir de mi veneración por ti mido cada gusto, cada lazo, cada deseo, cada afecto.

Eres mi lugar, mi hogar, mi casa amada, grande, inmensa, e íntima a la vez, el lugar desde donde todo cobra sentido, donde las explicaciones sobran, mi campo espiritual, mi fruta preferida, el resumen de mi historia (mi infancia rodeada de muñecas de trapo, de chapas perforadas, de conchas de mar, de asombros extáticos; mi juventud rebelde, mis ritos de pasaje; el final de mi vida, aún por definir, espero que contigo). Eres mi tierra fértil, mi geografía.

Aunque ya el destino nos juntó  para  siempre (ningún otro amor puede ganarle a nuestra historia), hoy quiero decirte que extraño nuestras citas, aquellas que estrecharon, una tras otra, nuestro lazo, a las que yo acudía ansiosa, amante apasionada, novia fiel. Te amé en el páramo andino, en el llano, en la selva profunda, en los teatros de las capitales, en tantas costas; ¡tantas veces te amé frente al mar!… Entiendo que es momento de calmar las pretensiones, de apaciguar pasiones, es tiempo de esperar, te espero.

Eres mi angustia, mi reto, mi nostalgia; la canción que entonan allende las fronteras el coro de niñas amables que acompañan a la extensa generación de despedidas cautas, repitiendo, sin percatarse, el sentimiento de Guillermo Sucre: “nos damos la mano y andamos por los malecones; / el halo de la luna parece el hálito de la tierra / y ya sabemos que ese paisaje ya no será nuestro, / que apenas le pertenecemos / llenos de noche nos hacemos noche. / Volvemos al licor que va libando la tierra / esa otra sed en la que ninguna boca se sacia”.

Quiero que regreses, la espera se antoja interminable; quiero ver terminado el lamento (premonitorio, también) de Ramos Sucre, el espanto: “yo vivía en un país intransitable…nación desalmada y cruda… pude salvar entonces la frontera del país maléfico”. Por ti quiero ser Quijote, imaginarte gentil, bella y pura en lugar de tosca, sucia y casquivana; Penélope para forzar el tiempo, Isis, y recomponerte centímetro a centímetro… me eres indispensable.

No puedo renunciar a ti. Te amo, Venezuela. Siempre contigo en mi pensamiento,

Graciela.

*Profa. (jubilada) Dpto. Sociología, UDO-Sucre

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